martes, abril 29, 2008
posted by .::[Lu/N4r]::. at 8:13 PM
Kate: ¡Jack! ¿Qué es eso en el cielo?

Jack: No lo sé Kate.

Kate: ¿es un helicóptero?

Jack: No, sólo habían dos: uno se destroló en el mar y el otro está en el carguero. Además no hace ruido.

Kate: ¿Es un globo aerostático?

Jack: Tampoco, el único globo que llegó era de un negro llamado Henry Gale. ¡Oh Kate! ¡Parece ser un Sacerdote sostenido por globos!

Kate: ¿Mr. Eko?

Jack: No, Mr. Eko era en realidad un narcotraficante nigeriano, buscando redención que fue asesinado por el humo negro mientras tenía una alucinación de su hermano muerto.

Kate: Jack ¿por qué a 82 episodios de comenzada la serie no hay explicaciones de lo que es el humo negro?

Jack: No lo sé Kate, soy médico cirujano. Probablemente porque los productores tampoco saben qué es el humo negro, aunque hay teorías basadas en un libro de ciencia ficción de que son nanorobots inteligentes que aprenden del medio y se han liberado de sus creadores.

Kate: Jack, ¿Por qué después de más de tres meses en la isla no te crece el pelo? ¿Y por qué el coreano no aprende a hablar inglés?

Locke: (sosteniendo un jabalí entre los dientes) La isla actúa de maneras misteriosas…

LA NOTICIA (haga click)

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lunes, abril 28, 2008
posted by .::[Lu/N4r]::. at 2:50 AM

Suele decirse que en la infancia las personas acuñamos algunos ídolos que honramos con total honestidad hasta que al crecer, nos damos cuenta que un hombre soltero, vestido con calzas negras y que en realidad no vuela, no tiene demasiada dignidad, así como tampoco factibilidad. Abandonamos la idea de poder llegar a ser un superhéroe resultado de la radiación de un accidente nuclear cuando comenzamos a ver las reales consecuencias de la radiación en la gente (y que yo sepa, tener más extremidades de lo normal, cáncer y esterilidad, no son justamente el tipo de características que la humanidad considera "habilidades heroicas").

Supuestamente para esta altura se empiezan a desarrollar nuestros sentimientos altruistas hacia el mundo, nuestra conciencia social y la apreciación al arte. Lo más probable entonces es que nuestros héroes sean personas mucho más asequibles, lógicas y representen alguno de estos caracteres.

Puede ser que todo esto sea cierto, pero creo que también existe la posibilidad de forjar algún(os) ídolo(s) de la infancia que se mantenga para toda la vida (y no hablo de mis padres, eso se lo dejo a los diálogos clisé del cine barato o a los casting de Gran Hermano; aunque tampoco me malinterpreten al respecto, sólo digo que no es el tipo de aseveración para este blog). Todo se remonta a mi mediana infancia; verano de algún lejano año cuando mi prima mayor me regaló un walkman. Artefacto paradigmático de los años noventa (al igual que la videograbadora y los rollers), no tener uno en tu casa era como no tener una heladera y estaban en casi todas las películas de esa década. De todos modos y a pesar de su escasa vida útil, el arcaico walkman fue la puerta de ingreso a algunos de mis ídolos infantiles.

Imagínense que a esta edad (alrededor de los 9 años) un hijo menor cuyos hermanos le llevan 7 y 9 años, a falta de cómplices cercanos de juego (además vivía en aquel entonces muy lejos de mis amigos) debe encontrar maneras diversas de pasar las horas del día sin aburrirse (como comentaba en el post anterior, soy muy fácil de aburrir, incluso de chico) y ese walkman me dio muchas horas de entretenimiento y un alto presupuesto en pilas AA.

Cuando llegué al mundo mi familia gozaba de varios años de conformación; los suficientes como para acumular grandes cantidades de boludeces guardadas tanto dentro como fuera de la casa. Entre esas cosas habían varios cajones absolutamente repletos de casettes de distinta índole (también habían muchos discos de vinilo pero nunca me interesé en el tango hasta llegada mi adolescencia media) y así pasé largo rato arruinando mis oídos con todo tipo de género musical de antaño (el casette más moderno de ese cajón era de Alejandro Lerner para que se den una idea). Hasta que la buena suerte y en beneficio de mi salud psíquica, encontré varios casettes que hicieron que dejara de escuchar la música retro de mis padres para dedicarme con exclusividad al nuevo descubrimiento: Las Obras de Les Luthiers (más tarde comenzaría con los casettes de mi hermano, a quien agradezco que me dejara robarselos y facilitara mi desarrollo de un gusto musical más decente).

Escuché esas cintas varias veces de ambos lados, generalmente a la hora de la siesta cuando no hay nada para hacer y la televisión es un fiasco, o mejor dicho, cuando es más fiasco de lo normal. No tuve oportunidad de conocer la cara de estos sujetos hasta varios años después cuando encontré un viejo afiche desplegable de mi papá con la cara de los seis, más tarde los vi en la televisión y luego en el maravilloso mundo de YouTube. Responsabilizo a este grupo de genios (que ahora son cinco) por el desarrollo de mi escueto sentido del humor (para reconocerlo, no para generarlo, claro…).

Para mí, esta es una experiencia que dejó en claro los criterios certeros para reconocer un humor en su estado más puro: aquel que no reconoce generaciones y no envejece. Sigue siendo el día de hoy que me río del mismo modo que lo hacía años atrás con estos artistas, aunque supongo que estoy más avispado para entender algunos dobles sentidos y otros vericuetos simbólicos.

Estimo que no todos comparten el mismo gusto que yo, pero como el blog es mío afortunadamente, les dejo un par de videos para que disfruten.

Gracias Walkman, gracias Les Luthiers, gracias años noventa…

[Lu/N4r]





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miércoles, abril 23, 2008
posted by .::[Lu/N4r]::. at 4:32 AM

Supongo que estarán un poco sorprendidos por mi vuelta al blog. Sí, ha pasado mucho tiempo desde que publiqué por última vez, y también hace mucho tiempo que no escribo. Pretendo por ahora no decir mucho al respecto y hacer como si nada hubiese sucedido. Quizá luego dedique un post al tema (tal vez lo merezca).

Por ahora quiero dedicarme a un tema que captó mi atención desde mis primeros hábitos de blogger.

Como habrá de esperarse para un estudiante de clase media, paso varias horas a la semana caminando la ciudad de Córdoba. ¿La razón? … simple: es mi principal medio de transporte. Por otro lado, cabe comentarles que soy un sujeto sumamente pasible al aburrimiento. En estos frecuentes casos me empeño en encontrar formas (variadas según el contexto) para entretener mi mente (probablemente esa sea la razón por la que me gusta tanto el cine: es la mejor forma de justificar mi pereza y a la vez de entretenerme). Con frecuencia esto sucede en la calle y en tales casos recurro a fantasear mientras camino, corriendo el riesgo de ser atropellado por un homicida uniformado con carnet de conducir (chofer de colectivo) o de chocar alguna persona u objeto en la vereda. En ambos casos embisto a algo o alguien, con consecuencias de variada índole, lógicamente. No sé porqué tengo esa habilidad.

Así es como me encuentro en una especie de vouyerismo civilizado, buscando miradas (femeninas) obsesivamente con la idea de, al encontrar alguna, comenzar mi delirante fabulación respecto a esa persona, su vida, sus gustos, sus hábitos y su canción favorita de los Beatles (sí, todas las personas que imagino escuchan los Beatles y también leyeron alguna vez a Cortázar). Probablemente crean que esta es una tarea sencilla con la que este psicópata amateur se entretiene; tengo que desasnarlos al respecto. Hoy en día no es tan fácil encontrar miradas en la calle. La gente ya no mira rostros, mira pantallas: relojes, celulares, i-pod’s, mp3’s, celulares, televisores, publicidades, celulares, etc.

Más allá de las vicisitudes de la tarea, se me volvió un hábito buscar miradas femeninas en la calle y sus derivados: edificios públicos, locales comerciales, Facultad (en la Facultad resulta mucho más fácil, dada la proporción favorable respecto al género), etc. Esto no representa problemas por lo general, excepto cuando uno olvida que en alguna de sus dos manos, sostiene la de otra señorita, quien deduce nuestro “mal” (por lo menos en este contexto) hábito, produciéndose la siguiente secuencia:

  • Yo: miro otra mujer (probablemente muy atractiva, aunque puede variar).
  • Ella: me aprieta la mano.
  • Yo: la miro (con evidente cara de boludo)
  • Ella: cara de ojete.
  • Yo: más cara de boludo.
  • Ambos: silencio, miradas sostenidas un par de segundos, ambos con el semblante precedente.
  • Yo: sonrío (disculpándome probablemente).
  • Ella: descenso del rostro de esfínter.
  • Yo: beso o caricia (depende fuertemente de las circunstancias).
  • Ambos: sonrisa (fin del momento tenso).

Habiéndose dado estos patrones un par de veces, comienzo a percibir cierta tendencia que me molesta por un lado y entusiasma por otro: cuando estoy de la mano con una mujer, las otras mujeres me miran con mayor frecuencia que cuando voy solo en la calle. Adelantándome a sus juicios peyorativos quiero aclarar que soy una persona bastante modesta y cualquier hombre puede realizar este experimento y reproducir mis conclusiones fácilmente. Este comportamiento femenino me llevó a postular dos hipótesis:

  1. Existe una señal del universo que está intentando demostrarme mi potencialidad como Don Juan de Marco.
  2. Existe una determinación cognitiva en la psiquis femenina que explica este comportamiento.

Claramente y en desmedro de mis fantasías libidinosas, la segunda opción es más probable.

Más allá de que recién ahora esté comentando esto, ya indagué sobre el tema hace un tiempo con una referente de confianza. En primer lugar, confirmó mi teoría (aunque débilmente desde un punto de vista metodológico debido a estar basándome a un solo testimonio: caso único) de que las mujeres se prestan a los juegos de la seducción visual con mayor probabilidad cuando los hombres están acompañados. Evidentemente y según sus explicaciones, esto sucede bajo el intento perspicaz de la hembra de “poner en jaque” al macho, especulando alguna reprimenda de su partenaire, desafiar su fidelidad en pequeños experimentos para luego generalizar la opinión de que “todos los hombres son iguales”, agregaría que la plusvalía emocional a esta seducción la hembra la encuentra al sentir momentáneamente que tiene el control de la situación. Realizar este ritual con un hombre solo, lo convertiría en inocuo, falto de sentido.

Las conclusiones de mi etnografía mundana son sencillas y obvias: todos los hombres somos iguales, pero no sólo iguales a los demás hombres sino también a las mujeres: también nos encanta histeriquear, hacerlo por el fin mismo y las más de las veces ninguno más. Quizá esto se perpetúe porque la dinámica es perfecta: sabemos que lo hacen para sentir que tienen el control y como sabemos que lo tienen, con placer nos dejamos someter a él. Desde una perspectiva psicodinámica esto es una inversión de meta; desde el sentido común: una burla callejera a la cultura machista occidental.

[Lu/N4r]

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