miércoles, abril 23, 2008
posted by .::[Lu/N4r]::. at 4:32 AM

Supongo que estarán un poco sorprendidos por mi vuelta al blog. Sí, ha pasado mucho tiempo desde que publiqué por última vez, y también hace mucho tiempo que no escribo. Pretendo por ahora no decir mucho al respecto y hacer como si nada hubiese sucedido. Quizá luego dedique un post al tema (tal vez lo merezca).

Por ahora quiero dedicarme a un tema que captó mi atención desde mis primeros hábitos de blogger.

Como habrá de esperarse para un estudiante de clase media, paso varias horas a la semana caminando la ciudad de Córdoba. ¿La razón? … simple: es mi principal medio de transporte. Por otro lado, cabe comentarles que soy un sujeto sumamente pasible al aburrimiento. En estos frecuentes casos me empeño en encontrar formas (variadas según el contexto) para entretener mi mente (probablemente esa sea la razón por la que me gusta tanto el cine: es la mejor forma de justificar mi pereza y a la vez de entretenerme). Con frecuencia esto sucede en la calle y en tales casos recurro a fantasear mientras camino, corriendo el riesgo de ser atropellado por un homicida uniformado con carnet de conducir (chofer de colectivo) o de chocar alguna persona u objeto en la vereda. En ambos casos embisto a algo o alguien, con consecuencias de variada índole, lógicamente. No sé porqué tengo esa habilidad.

Así es como me encuentro en una especie de vouyerismo civilizado, buscando miradas (femeninas) obsesivamente con la idea de, al encontrar alguna, comenzar mi delirante fabulación respecto a esa persona, su vida, sus gustos, sus hábitos y su canción favorita de los Beatles (sí, todas las personas que imagino escuchan los Beatles y también leyeron alguna vez a Cortázar). Probablemente crean que esta es una tarea sencilla con la que este psicópata amateur se entretiene; tengo que desasnarlos al respecto. Hoy en día no es tan fácil encontrar miradas en la calle. La gente ya no mira rostros, mira pantallas: relojes, celulares, i-pod’s, mp3’s, celulares, televisores, publicidades, celulares, etc.

Más allá de las vicisitudes de la tarea, se me volvió un hábito buscar miradas femeninas en la calle y sus derivados: edificios públicos, locales comerciales, Facultad (en la Facultad resulta mucho más fácil, dada la proporción favorable respecto al género), etc. Esto no representa problemas por lo general, excepto cuando uno olvida que en alguna de sus dos manos, sostiene la de otra señorita, quien deduce nuestro “mal” (por lo menos en este contexto) hábito, produciéndose la siguiente secuencia:

  • Yo: miro otra mujer (probablemente muy atractiva, aunque puede variar).
  • Ella: me aprieta la mano.
  • Yo: la miro (con evidente cara de boludo)
  • Ella: cara de ojete.
  • Yo: más cara de boludo.
  • Ambos: silencio, miradas sostenidas un par de segundos, ambos con el semblante precedente.
  • Yo: sonrío (disculpándome probablemente).
  • Ella: descenso del rostro de esfínter.
  • Yo: beso o caricia (depende fuertemente de las circunstancias).
  • Ambos: sonrisa (fin del momento tenso).

Habiéndose dado estos patrones un par de veces, comienzo a percibir cierta tendencia que me molesta por un lado y entusiasma por otro: cuando estoy de la mano con una mujer, las otras mujeres me miran con mayor frecuencia que cuando voy solo en la calle. Adelantándome a sus juicios peyorativos quiero aclarar que soy una persona bastante modesta y cualquier hombre puede realizar este experimento y reproducir mis conclusiones fácilmente. Este comportamiento femenino me llevó a postular dos hipótesis:

  1. Existe una señal del universo que está intentando demostrarme mi potencialidad como Don Juan de Marco.
  2. Existe una determinación cognitiva en la psiquis femenina que explica este comportamiento.

Claramente y en desmedro de mis fantasías libidinosas, la segunda opción es más probable.

Más allá de que recién ahora esté comentando esto, ya indagué sobre el tema hace un tiempo con una referente de confianza. En primer lugar, confirmó mi teoría (aunque débilmente desde un punto de vista metodológico debido a estar basándome a un solo testimonio: caso único) de que las mujeres se prestan a los juegos de la seducción visual con mayor probabilidad cuando los hombres están acompañados. Evidentemente y según sus explicaciones, esto sucede bajo el intento perspicaz de la hembra de “poner en jaque” al macho, especulando alguna reprimenda de su partenaire, desafiar su fidelidad en pequeños experimentos para luego generalizar la opinión de que “todos los hombres son iguales”, agregaría que la plusvalía emocional a esta seducción la hembra la encuentra al sentir momentáneamente que tiene el control de la situación. Realizar este ritual con un hombre solo, lo convertiría en inocuo, falto de sentido.

Las conclusiones de mi etnografía mundana son sencillas y obvias: todos los hombres somos iguales, pero no sólo iguales a los demás hombres sino también a las mujeres: también nos encanta histeriquear, hacerlo por el fin mismo y las más de las veces ninguno más. Quizá esto se perpetúe porque la dinámica es perfecta: sabemos que lo hacen para sentir que tienen el control y como sabemos que lo tienen, con placer nos dejamos someter a él. Desde una perspectiva psicodinámica esto es una inversión de meta; desde el sentido común: una burla callejera a la cultura machista occidental.

[Lu/N4r]

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