Lo dije mil veces y lo voy a seguir sosteniendo: uno se da cuenta de las cosas cuando cambia de rutina. Es que a veces hay sucesos de la vida cotidiana que pierden total originalidad y pasan desapercibidos por el sólo hecho de estar incorporados muy profundamente al actuar diario; es decir, el pez nunca se da cuenta que está mojado, esa es su forma de vivir y no conoce otra cosa (salvo esos mamíferos marinos que dan saltos sobre la superficie). Pero en definitiva, lejos de ser esto una lección de biología marina, intento decir que no notamos un suceso particular hasta que no damos un paso al costado de las prácticas que nos mantienen ordinariamente unidos a ellos.
Hace un par de semanas estuve de vacaciones en mi ciudad natal (Neuquén) y como es costumbre me volví a reunir con algunos amigos que hace un tiempo no veía. Desde el momento mismo del saludo de reencuentro me di cuenta que algo era totalmente distinto al modo de saludar al que estaba acostumbrado. De la misma praxia del hábito del saludo había algo que me resultaba más familiar, cómodo… como pez en el agua. Ahí todo adquiría sentido y encontré la explicación a algunas situaciones pasadas dejadas de lado. Los neuquinos (quizá los sureños en general) saludamos distinto: besamos sin distinción de género a quien nos diga “hola” sea un desconocido o un amigo de toda la vida (en este último caso suele acompañar al beso, un abrazo y un par de palmadas en la espalda del congénere), al final del día probablemente tengamos la mejilla con vestigios de baba ajena por doquier, dependiendo del grado de sociabilidad del ejemplar neuquino del que estamos hablando, pero siempre rondando la veintena de años. Según mal no recuerdo, el hábito besuquero patagónico se genera en el secundario, cuando a partir del 3º año aproximadamente, luego de cientos de veces que saludamos a los mismos compañeros, lo empezamos a hacer con un beso; y no por voluntad propia, sino porque vimos a los chicos “mas grandes” hacerlo con total naturalidad y queremos parecer más maduros, luego se arraiga en un hábito que tiene tanto de maricón como de idiosincrasia.
Acá en Córdoba, el cuento es otro. Los hombres cordobeses son tan reacios al contacto cutáneo entre varoncitos como lo son a trabajar los sábados a la tarde (otra costumbre ridícula para el hábito neuquino que requiere de un trato aparte). La moral y costumbres serranas no incluyen la posibilidad del contacto facial con una mejilla barbuda, algo similar llenaría la mente del cordobés de representaciones homosexuales inconciliables con su masculinidad. Así fue que luego de varias equivocaciones en mi modo de proceder cuando llegué a esta ciudad, aprendí rápidamente como debía comportarme. De todos modos no hay que ser tan hostil a la hora de juzgar la cultura cordobesa; la juventud mediterránea también está cambiando y se acostumbra a los extraños hábitos de sus compañeros del resto del interior del país, a los cuales acoge anualmente en masa con el ingreso universitario. Muchos muchachos cordobeses se han habituado a los modos de saludar sureños y luego de un tiempo aceptan sin reparos el beso y la palmada en la espalda comunes a mi juventud.
De todos modos, tomando precauciones me acostumbre a dar la mano a cada sujeto masculino que conozca en esta gran civilización, que mantiene un poco del conservadurismo victoriano. Podemos trazar una categorización del saludo argentino dividiéndolo en zonas geográficas. El cordobés con un beso a la mujer y un apretón de manos al varón; el neuquino con un beso para cada uno y en último término una especie hibrida de saludo muy extraña que se suscita cuando dos neuquinos se encuentran en córdoba: ambos ya acostumbrados a los hábitos del lugar en el que ahora viven tienden a dar la mano pero irremediablemente inclinan el cuerpo hacia el co-provinciano quien hace una buena interpretación de la intención subconsciente; todo termina en un apretón de mano seguido de un beso. El resto de la gente mira con el ceño fruncido, nuestro proceder nos delata, somos sapo de otro pozo.
[Lu/N4r]
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