posted by .::[Lu/N4r]::. at 5:20 PM
- Vamos a tomar un helado a la plaza.
- No tengo plata, acompañame al cajero que queda de paso, es domingo, no debe haber mucha gente.
- ¡Mierda! estamos en época de cobro, mira toda la gente que hay.
- Bueno, yo quiero tomar helado igual, hace calor y estamos al pedo, haceme el aguante.
- Bueno, hagamos la FILA.
Inevitablemente uno se enfrenta a ellas a diario y las maldice, las maldice mucho, sentís que perdés el tiempo para hacer un trámite que tarda mucho menos que lo precedentemente invertido en esperar. En el banco, en la Facultad, en la Terminal, en la parada del bondi, en la fotocopiadora, en el supermercado, en el boliche, hasta en las pizzerías en temporada alta (o no necesariamente). Nos empecinamos en ocupar el 100% de la atención en odiar el instante en que está haciendo fila, ignorando que tanto delante como atrás nuestro se encuentran dos vidas que probablemente sólo tengan en común con nosotros el motivo por el cuál estar ahí, o quizá ni siquiera eso. En este estado de cosas uno puede optar por dos caminos: mirarse los cordones sucios y pensar que debe lavar las zapatillas, mientras hace introspección sobre todas las tareas del día y se acuerda que esta mañana no saludó al portero; o bien aprovechar las filas como un espacio peculiar (bastante) de socialización.
Lo primero que uno hace cuando quiere socializar con un extraño, es buscar un punto de coincidencia para romper el hielo y comenzar una potencial charla. ¿Alguna vez subieron a un taxi sin que el conductor hiciera algún comentario sobre el estado del tiempo? él ignora completamente sobre nuestros parecidos pero tiene por certeza que por lo menos compartimos el mismo cielo. Las filas son un espacio fortuito y sin compromisos para explorar vidas ajenas totalmente desconocidas, partiendo por la coincidencia de compartir el espacio, el tiempo y quizá el motivo de estar ahí. Entonces uno se atreve a soltar muy al pasar un “como está tardando ¿no?” y puede tener la suerte de que la viejita de adelante esté de acuerdo y de rienda suelta a una charla que termina en el momento que la atienden, pero por lo menos uno se entera que los precios en el super de General Paz son más bajos que en disco.
Y ahí esta uno quejándose de cómo son las cosas, sin percatarse que es la mejor manera disponible de que sean. Me estoy dando cuenta que le quitamos valor a una costumbre tan noble como la de hacer fila. Porque algo que las filas no son, es ser injustas. Uno va llegando y le toca el lugar que le toca, si quería terminar antes, tendría que haber venido antes, es una simpleza bastante desatendida. Así y todo son una forma de respeto espontánea, incorporada, democrática y con sus reglas y excepciones adecuadas: los discapacitados y embarazadas tienen prioridad, y nadie se atrevería a cuestionar ese inciso particular del “código tácito de filas”. Después de todo, tienen un fructífero potencial: mientras esperamos nuestro turno nos damos cuenta que estadísticamente la gente tarda más en el cajero cuando va en pareja, nos ponemos al día con los chismes de la facultad en la fotocopiadora, mientras esperas para inscribirte a la comisión de trabajos prácticos tu compañera Lucía te da la idea hacer un post que hable sobre las filas y nos da la oportunidad despreocupada de una charla absurda con un desconocido que no nos vamos a cruzar nunca más en la vida.
Al fin y al cabo señores, me parece que estamos mirando el vaso medio vacío ¿no?. Los dejo pensando, yo me voy a tomar mi helado, ya saqué la plata del cajero.
[Lu/N4r]
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